Marco Rubio: la pieza clave de Trump en Venezuela, y más allá

Donald Trump ha dejado claro en su segunda presidencia que nadie habla y decide por él más que él mismo. En lo que se refiere a lo que el mandatario de Estados Unidos ha hecho en Venezuela, no obstante, es imposible no percibir la influencia, el peso y el eco de ideas, estrategias y palabras de otra persona: Marco Rubio.

La campaña de meses de presión al país latinoamericano que culminó el sábado con el derrocamiento de Nicolás Maduro y su traslado a EEUU, donde está apresado e imputado, tiene todas las señales de marca de Rubio, al que algunos medios ya han empezado a colgar el colonialista apodo de “virrey de Venezuela». 

Es el antiguo senador por Florida y ahora también asesor de seguridad nacional, de 54 años, quien desde ese día ha sido la voz de la Administración ante la prensa, en el Congreso, en las conversaciones directas con Delcy Rodríguez y en otros contactos diplomáticos. Rubio, que en 2016 compitió con Trump por la nominación presidencial, ha llegado a convertirse ahora en uno de sus más fieles y cercanos aliados, en quien el mandatario confía y al que ve casi a diario. Y es la figura más relevante en el “grupo” que el presidente ha señalado como encargado de “dirigir” el país hasta una transición “segura, apropiada y sensata”, del que también forman parte el secretario de Defensa, Pete Hegseth; el general Dan Caine, el vicepresidente, J.D. Vance, o el asesor Stephen Miller.

Alianza con Miller

Con este último ha sido con quien Rubio ha estado realizando muchas reuniones de estrategia en los últimos meses en Washington, consiguiendo superar algunas brechas con el ideólogo más ultra en inmigración. Y Miller, que había dejado inicialmente la puerta abierta a negociar con Caracas para poder seguir deportando allí, ha acabado adhiriéndose a la idea de Rubio de elevar la presión económica, política y militar a Maduro, consumada con esa intervención que Washington dice “policial” para apresarlo con cargos de narcoterrorismo (aunque en la imputación desvelada este fin de semana, que da relevo a la de 2020, se ha eliminado la mención al etéreo Cártel de los Soles como organización terrorista, ahora calificado de «sistema clientelar»).

Esas reuniones con Miller han sido parte de la razón por la que en estos meses Rubio ha estado pasando mucho más tiempo en la Casa Blanca que en la sede del Departamento que dirige, según CNN, que también ha contado que muchos fines de semana los ha pasado en Florida para estar cerca de Trump cuando este se instalaba en Mar-a-Lago. El foco que ha puesto en la preparación de los planes para Venezuela han hecho también que se haya saltado muchos viajes diplomáticos, a los que ha enviado a su número dos, Christopher Landau.

Reto y triunfo

A nadie le cabe duda del desafío monumental que ahora tiene Rubio por delante, con decisiones sobre energía, sanciones o seguridad para un país con 29 millones de habitantes para el que Washington, mas allá de promesas y amenazas de Trump arrogándose su dirección y gobierno, no ha presentado públicamente ningún plan específico. 

De lo que tampoco puede caber duda es que, al menos de momento, y con Maduro fuera del poder, y encarcelado y procesado en EEUU, Rubio ha conseguido algo que llevaba buscando más de una década. En 2018, un año después de que se desarticulara una operación para asesinarle supuestamente orquestada por Diosdado Cabello y en el primer mandato de Trump, Rubio ya defendía públicamente la opción militar para lograr la salida de Maduro. 

El que entonces era considerado “secretario en la sombra para Latinoamérica” ahora está públicamente en una posición que le permite marcar la brújula de Washington para la región, exigiendo rupturas con otros países como Irán, tratando de ganar control y beneficio de recursos naturales o buscando minimizar influencia en el hemisferio de adversarios como Rusia o China.

Cuba

También desde hace tiempo, como ahora, Rubio ha único cualquier golpe al régimen de Venezuela a un golpe al de La Habana, una obsesión personal para este hijo de dos cubanos, Mario y Oriales, que salieron de Cuba tres años antes del triunfo de la Revolución de Fidel Castro y cuya experiencia se le quedó «grabada», según ha explicado en alguna ocasión César Conda, un estratega republicano que fue varios años su jefe de personal en el Senado. Lo ha demostrado a lo largo de toda su carrera política, nacida justamente gracias al poder político del movimiento anticastrista de Miami e impulsada por un fervor anticomunista y antiautoritario. 

“Todo vuelve a Cuba, cualquier cosa que pueda hacer para debilitar el régimen en Cuba”, le decía en diciembre a ‘The New York Times’ un miembro de la primera administración Trump que participó en reuniones y sesiones informativas de Rubio con el presidente sobre Latinoamérica. Y también José Daniel Ferrer, una figura de la oposición cubana que huyó en octubre a EEUU y que se reunió con Rubio, ha explicado que el secretario de Estado consideraba que derrocar a Maduro “favorecería la caída, o posible caída, del régimen en la Habana, matriz del mal”.

“Si viviera en la Habana y estuviera en el gobierno estaría preocupado”, decía Rubio junto a Trump el sábado, que un día después, en su ruta por programas televisivos, recordaba también que Cuba controlaba el aparato de seguridad de Maduro, algo que se ratifica con la muerte en la operación estadounidense en Caracas de 32 militares y policías cubanos que trabajaban en la seguridad del líder venezolano.

Rubio ha contribuido a que la idea de cambio de régimen, contra la que tanto ha despotricado en el pasado Trump, ahora tenga cabida en el discurso del republicano si le conviene. Es una transformación interesada que él mismo también ha hecho, especialmente en lo que se refiere a los inmigrantes y posiciones más humanitarias que Rubio mantenía tan recientemente como 2022, cuando decía que quitar protecciones temporales a venezolanos “resultaría en una condena a muerte para incontables que han huido de su país”, se han perdido en su camino hacia el gran poder que ahora amasa en esta Casa Blanca.

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