En 2013, más de 1.100 personas murieron en el edificio Rana Plaza, en Bangladesh, cuando trabajaban hacinadas en uno de tantos talleres de fabricación de ropa que luego se envía a Occidente. Ese desastre desenmascaró las inhumanas condiciones laborales que caracterizan a muchas fábricas textiles de los países orientales, así como la falta de controles medioambientales. Hoy, sin embargo, la industria de Bangladesh, de donde salen muchas de las prendas que vestimos en España y en otros países occidentales, está en transformación, hasta el punto de abanderar los avances medioambientales y laborales.
Hay 4,4 millones de personas trabajando en ese país en el sector de la ropa y las grandes cadenas internacionales tienen allí muchas de sus fábricas. Según MIT Technology Review, desde hace unos años el país se ha convertido en un referente mundial en cuanto a tecnologías verdes y certificaciones medioambientales.
Más de 1.100 trabajadores murieron en la fábrica Rana Plaza / Agencias
Bangladesh lidera ahora el ranking global de fábricas textiles certificadas bajo el estándar LEED, con un total de 268 plantas que cumplen requisitos de eficiencia y sostenibilidad. Entre los ejemplos destacados figura la planta Fakir Eco Knitwears, en Narayanganj, distinguida con la categoría Oro de LEED.
Mejoras ecológicas
Entre otras mejoras introducidas, en este complejo, los amplios tragaluces permiten reducir 40% el consumo eléctrico destinado a iluminación, mientras que los sistemas automatizados permiten el reciclaje del 95% de los retales de tela para ser reaprovechados en la fabricación de hilo.
“Aprovechamos la luz del Sol, la energía solar y el agua de lluvia, en vez de depender de sistemas de aire acondicionado y calderas”, afirma Md. Anisuzzaman, ingeniero de la empresa, en declaraciones a MIT Technology Review.
Una de las fábricas textiles del país / IFC
Además, se ha implantado el uso de tintes menos tóxicos y el tratamiento de aguas residuales en las fábricas, en una apuesta por la reducción de residuos, otro de los problemas inherentes a la industria textil.
Apoyo financiero
Sin embargo, todo este esfuerzo reconversor tiene un elevado coste. La financiación de estas tecnologías más ecológicas procede tanto de inversiones propias, como de créditos del Fondo de Transformación Verde del Bangladesh Bank y el apoyo de clientes internacionales, que respaldan este compromiso verde con nuevos contratos de compra.
Otro ejemplo concreto de estas nuevas prácticas es la iniciativa Partnership for Cleaner Textile(PaCT), impulsada por la Corporación Financiera Internacional (IFC) del Grupo Banco Mundial. Desde 2013, PaCT ha colaborado con más de 450 fábricas para aplicar métodos de producción más limpios, lo que ha permitido un ahorro anual de 35.000 millones de litros de agua dulce, suficiente para abastecer a 1,9 millones de personas, según detalla MIT Technology Review.
Pese a todo, sigue habiendo protestas y huelgas por los bajos salarios de los trabajadores / Agencias
Es evidente que gran parte de estas mejoras son posibles gracias a la presión de las cadenas extranjeras, sobre todo europeas. Esta presión ha aumentado ante la próxima entrada en vigor, a partir de 2027, de una normativa de la UE que exigirá a las empresas demostrar el cumplimiento de estándares ambientales y de derechos humanos a lo largo de toda la cadena de suministro.
Muchos pequeños talleres, al margen
Sin embargo, aún queda un largo camino por recorrer. La mejora de las condiciones laborales va también ligada a los salarios, y éstos siguen estando muy por debajo de lo que se considera normal, pues prácticamente están a la mitad de lo que piden los sindicatos. Por este motivo, se producen huelgas y protestar para reclamar mejoras en el ámbito laboral.
Además, los progresos en materia de sostenibilidad mantienen grandes desigualdades dentro del sector. Mientras las grandes fábricas se llevan la mayoría de los contratos y eso les permite adoptar nuevas medidas medioambientales, la mayoría de los talleres en Bangladesh son pequeñas empresas con recursos limitados para adaptar sus infraestructuras.
Eso hace que sean muchas las fábricas que queden al margen de los contratos con empresas de la UE y de la carrera por su reconversión medioambiental.
