Madrid. En los años en que la Costa del Sol era sinónimo de lujo y glamour, Philippe Junot destacaba entre los nombres que daban vida a la jet set europea. Su presencia no solo llenaba portadas y salones exclusivos, también simbolizaba una forma de vivir marcada por la elegancia, la noche y las relaciones internacionales. Junot no fue solo el hombre que conquistó a Carolina de Mónaco en uno de los romances más comentados de su época, sino también un referente de estilo y sofisticación en la Marbella de los años dorados.
La reciente noticia de su fallecimiento en Madrid a los 85 años, confirmada por su hija Victoria reavivó el interés en la personalidad y el legado del hombre que sedujo a la princesa Carolina de Mónaco y escribió su nombre en la historia social del continente.
Nacido en París en 1940, hijo del político Michel Junot y de la heredera industrial Lydia Tyckjaert, Philippe Junot creció rodeado de estímulos que lo impulsaron a buscar su propio espacio en la élite internacional. Su apellido le abrió puertas, pero su carisma y destreza en los negocios inmobiliarios le aseguraron un lugar propio en el exclusivo círculo de la jet set.
Carolina, princesa de Hannover (nacida el 23 de enero de 1957), es la hija mayor de Rainiero III, príncipe de Mónaco, y de la actriz estadounidense Grace Kelly. Philippe Junot (nacido el 19 de abril de 1940 en París) fue un capitalista de riesgo y promotor inmobiliario. Era hijo de Michel Junot, vicealcalde de París, y de Lydia Tyckjaert, hija de un industrial danés
El apogeo de su figura llegó en los años 70, cuando el jet set europeo convertía destinos como Saint-Tropez, Gstaad y especialmente Marbella en epicentros de lujo y ostentación.
Durante esas décadas, Junot se introdujo en un universo donde la distinción social se medía tanto por el apellido como por la capacidad de brillar en fiestas interminables. El empresario se movía con soltura entre aristócratas, magnates y celebridades, consolidando su presencia en enclaves como el Marbella Club y Puerto Banús, donde la sociabilidad y el glamour marcaban la pauta. Allí, la vida nocturna y los eventos benéficos se combinaban con negocios millonarios y relaciones que traspasaban fronteras.
La figura de Philippe Junot alcanzó resonancia mundial cuando, en 1978, se casó con Carolina de Mónaco, la hija mayor de Rainiero III y Grace Kelly. La boda, celebrada en Montecarlo se convirtió en un acontecimiento internacional.
La diferencia de edad y la reputación de Junot como playboy generaron controversias y resistencias dentro del principado. El matrimonio, seguido de cerca por la prensa del corazón, simbolizó un desafío a los protocolos reales y a las expectativas de la realeza europea.
Durante los dos años que duró la unión, la pareja fue portada constante de revistas internacionales. Las apariciones públicas, los viajes y las ausencias alimentaron titulares, mientras la relación se desgastaba ante los rumores y las tensiones familiares.
El divorcio, anunciado en 1980 y oficializado posteriormente con la nulidad eclesiástica, cerró un capítulo descripto como una de las crisis más mediáticas de la monarquía monegasca.
Lejos del Palacio Grimaldi, Junot consolidó su estatus como referente del ocio sofisticado en Marbella. Su presencia animaba las temporadas estivales y los eventos exclusivos en la Costa del Sol.
Rodeado de personalidades como Gunilla von Bismarck, Jaime de Mora y Aragón y el magnate Adnan Khashoggi, Junot encarnaba el ideal del bon vivant: disfrute social, elegancia natural y una habilidad única para conectar mundos diversos.
Instalado en Madrid durante sus últimos años, Philippe Junot disfrutó de la cercanía con su familia, especialmente su hija Isabelle Junot, actual marquesa de Cubas, y su nieta Philippa. Su círculo íntimo valoraba su sentido del humor, su capacidad de adaptación y la serenidad con la que afrontó sus últimos días.
