El 8 de enero, cuando cuatro periodistas de ‘The New York Times’ entrevistaron a Donald Trump en el Despacho Oval, le preguntaron si había algún límite a su poder en la esfera global después de la operación militar en la que, sin informar ni mucho menos obtener autorización del Congreso, sacó a Nicolás Maduro de Venezuela para declararse a sí mismo en control del país latinoamericano y de su petróleo.
“Sí, hay algo”, contestó el presidente de Estados Unidos. “Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede frenarme”.
La entrevista se producía solo horas después de que en Mineápolis un agente federal de ICE, la rama policial de inmigración y aduanas, matara de un tiro en la cara a Nicole Good, una estadounidense de 37 años que estaba en su coche, como están haciendo por todo el país otros ciudadanos, siguiendo a los agentes federales para protestar sus acciones y tratar a advertir en sus comunidades de las redadas contra inmigrantes.
El presidente de EEUU, Donald Trump, en el discurso de investidura en el Capitolio / Chip Somodevilla/ AP
Venezuela y Mineápolis son episodios aparentemente alejados pero indivisibles y estrechamente relacionados en esta segunda presidencia del republicano, que cumple este martes su primer año. Como ha escrito en ‘The New York Times’ la columnista Lydia Polgreen, representan un asalto a la Constitución y diluyen fronteras entre la aplicación de ley y la acción militar, entre lo que era legislativo y ejecutivo, ya sea en el Hemisferio Occidental o en las calles de las ciudades estadounidenses.
Son parte de un frenesí de Trump en el que estos últimos días han entrado renovadas reclamaciones imperialistas en Groenlandia, más amenazas de aranceles y el ataque inédito de su politizado Departamento de Justicia a la independencia de la Reserva Federal con una investigación penal de su presidente, Jerome Powell. Y son más piezas en un puzle arrebatado de ideas políticas y acciones desplegadas en un ejercicio de poder que arrancó el 20 de enero de 2025 con un torrente de órdenes ejecutivas, entre las que estuvo el perdón para todos los condenados por el asalto al Capitolio, toda una declaración de intenciones.
Ese diluvio no ha cesado. Ha dejado una política de deportaciones recrudecida y el cierre de programas para los refugiados, recortes dramáticos en la ayuda exterior o en la investigación, acciones contra políticas ambientales o contra la ciencia; el asalto al estado administrativo que se desdeña como “estado profundo”, a todo lo que se identifica como “woke” o a la mera libertad de expresión y de prensa.
Elon Musk con su hijo X y Donald Trump, en el Despacho Oval. / AARON SCHWARTZ / ZUMPA PRESS / EUROPA PRESS
Trump además ha deformado agencias federales de ley y orden poniéndolas al servicio de rencores y también caprichos; se enriquece sin que se ponga en marcha ningún mecanismo de investigación; gobierna a base de intimidación, presión o venganza y cada vez se exhibe más confiado en su propio poder y menos limitado por controles institucionales. Rodeado de incondicionales como su influyente y ultra asesor Stephen Miller, está saltándose sin despeinarse límites y controles que en teoría existen pero a duras penas logran contenerle. Su presidencia es una de reto, asedio y erosión a las normas y el sistema democrático en EEUU.
Poder más allá de los límites
“El cambio más significativo de este año ha sido el esfuerzo de Trump por hacer de sí mismo un dictador todopoderoso”, analiza Kevin Kruse, historiador y profesor de Princeton, en un correo electrónico. “Ha reivindicado poderes y ha asumido funciones que ningún presidente previo ni siquiera intentó, expandiendo drásticamente el poder de la presidencia mucho más allá de sus límites constitucionales”.
Kruse, que en 2023 coeditó ‘Myth America’, libro de ensayos que combaten ideas falsas y distorsionadas que durante décadas han marcado la narrativa sobre EEUU, apunta a que todo eso Trump lo ha conseguido “con la ayuda y complicidad de un Congreso controlado por los republicanos y una mayoría republicana dócil en el Tribunal Supremo, cuyas acciones e inacciones han terminado en la práctica con el equilibrio de poderes que ha sido un pilar del gobierno estadounidense desde la fundación de la nación”.
Fotografía cedida por La Casa Blanca donde aparece el presidente de Estados Unidos, Donald Trump (c), mostrando la orden ejecutiva sobre el aumento de aranceles el 13 de febrero de 2025 en el Despacho Oval de la Casa Blanca en Washington (EE.UU.). / Julia Demaree Nikhinson / AP
“Llegó al cargo con un plan explícito de llevar a EEUU hacia la autocracia y en este año ha hecho avances hacia esa meta reales y que se pueden comprobar. Lo que vemos ahora es aceleración”, dice en otro mensaje analizando este primer año de la segunda presidencia la estratega demócrata Rachel Bitecrofer. “La aplicación de las políticas de inmigración, en especial a través de ICE, se ha vuelto cada vez más violenta y desatada (…) y no se trata de malas conductas aisladas: refleja un sistema en que la rendición de cuentas ha colapsado”.
Bitecrofer recuerda que “ha habido una purga sistémica del gobierno federal. En la práctica ya no queda ninguna agencia federal capaz de hacer que actores alineados con el movimiento MAGA rindan cuentas. Estamos en un pozo profundo en EEUU”, continúa “y es importante que las audiencias internacionales entiendan que cuando la gente está siendo asesinada o herida por agentes del estado, como en el asesinato de Good, no hay una expectativa realista de que se rindan cuentas mientras este régimen se mantenga el poder”.
“El estado de derecho ha dejado de funcionar de forma significativa a nivel federal, la violencia cometida bajo la autoridad del estado está impune y los mecanismos que normalmente intervendrían simplemente ya no existen”, resume.
Fotografía de archivo fechada el 2 de abril de 2025 del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, mostrando una tabla con aranceles aplicables a socios comerciales de Estados Unidos, durante una rueda de prensa en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca en Washington (Estados Unidos). Una corte federal estadounidenses bloqueó este miércoles buena parte de la política arancelaria del presidente Donald Trump sobre las importaciones de numerosos países al considerar que este se está excediendo en sus poderes. EFE/ Kent Nishimura / POOL. ARCHIVO / KENT NISHIMURA / POOL / EFE
Kate Shaw, académica de Derecho Constitucional y profesora en la Universidad de Pensilvania, destaca el «asalto frontal a la separación de poderes. El presidente se ha arrogado poderes que pertenecen al Congreso, como el de negarse a gastar fondos que ya han sido apropiados y gastar otros no aprobados por las Cámaras. Ha renombrado y disuelto agencias nombradas y creadas por estatutos y despedido a incontables cargos públicos protegidos por ley de destituciones sumarias. Los tribunales le han frenado en algunas cosas, pero el Supremo ha facilitado buena parte de esto de manera que reverberará muchos años.
«También ha socavado protecciones constitucionales fundamentales como los derechos de libertad de expresión, las garantías de igual protección y proceso debido o contra registros e incautaciones arbitrarios», prosigue Shaw. «Esto ha sido especialmente marcado en el contexto de su ataque a universidades y despachos de abogados y en el ámbito de aplicación de leyes de inmigración, del tipo que estamos viendo en Mineápolis.
Dejar de ser fiable
No son solo voces progresistas las que señalan a transformaciones profundas que Trump está haciendo en el sistema. Yuval Levin, uno de los más influyentes analistas conservadores, apuntaba este viernes en el pódcast de Ezra Klein que Trump, con su enfoque transaccional y su poder, ha logrado acuerdos y promesas que hizo en campaña y le dieron la victoria, como implementar su política comercial de aranceles o sellar la frontera. Pero Levin distingue entre lograr cosas concretas y gobernar, pone en duda que Trump tenga una agenda legislativa para los tres próximos años, apunta al pírrico historial legislativo hasta ahora (marcado solo por la Big Beautiful Bill) o a la falta del prometido recorte de gasto y habla, en contraposición, de un daño ya muy tangible que ha causado Trump.
“Mina la idea que tiene la gente de que el gobierno federal es un actor predecible y en el que se puede confiar, en EEUU y fuera”, ha reflexionado. ”El precio que se paga por esto es mucho mayor que lo que se saca, porque la mera estabilidad que hace posible un gobierno predecible y fiable era un enorme subsidio invisible de la vida estadounidense, hacía posible hacer asunciones sobre qué podían hacer por ellos las instituciones que nunca había que plantearse”.
Para Levin “es cortoplacismo” y “no hace que nada avance de la forma en que piensan algunos de quienes apoyan el presidente, pero cambia cosas, y parte de ese cambio es para mucho peor”.
La ‘Situation Room’ de Trump improvisada en Mar-a-Lago durante captura de Nicolás Maduro / CASA BLANCA
Golpe al estado de derecho
Numerosos jueces, incluyendo conservadores, han mostrado a lo largo de estos 12 meses profunda preocupación por la deriva antidemocrática de Trump, lanzando alertas y denuncias con un lenguaje inequívoco. Adjetivos como “arbitrario”, “caprichoso” o “escandaloso” han entrado en sentencias contra sus decisiones y más de un magistrado ha recordado que EEUU “no tiene reyes”. En un caso, un juez nombrado por Reagan acusó al gobierno directamente de discriminación racial y de la comunidad LGBT y preguntó “¿Tan bajo hemos caído? ¿No tenemos vergüenza?”
La respuesta general de la Administración ante eso es tildar a cualquiera que dicte sentencia u opinión en su contra de “lunático” o “activista”, parte de una estrategia que pasa por deslegitimar la verdad y los hechos como base de información o debate. Pero el miedo es real. «Los jueces ven y están expresando que hay una amenaza sin precedentes a la democracia y están haciendo sonar la alarma”, le ha dicho al ‘Los Angeles Times’ Erwin Chemerinsky, decano de la facultad de derecho de la Universidad de California en Berkeley.
El propio Trump no oculta que actúa movido por venganza ante quienes considera enemigos políticos o freno a sus decisiones. Lo ha dicho abiertamente en Minnesota. Y su espíritu de revancha y represalia late, por ejemplo, tras la investigación penal a Powell. La predecesora de este, Janet Yellen, ha señalado: “Si puedes presentar cargos sin razón ninguna contra tus enemigos ya no vivimos en una sociedad gobernada por el estado de derecho”.
Machado y Trump Nobel de la Paz / EFE
Resistencias
De momento Powell no capitula, y de hecho planta cara, algo que no han hecho los titanes de la tecnología, muchos directivos de grandes empresas, bufetes de abogados, muchas universidades o el Partido Republicano, tanto como formación como en el Congreso que, al menos hasta las legislativas de noviembre, controla.
Shaw, la experta en Derecho Constitucional, muestra «esperanza en que el Congreso acabe actuando como un contrapeso institucional al presidente, como contempla la Constitución». También dice esperar «que el Supremo empiece a cumplir adecuadamente sus responsabilidades constitucionales», aunque ahí muestra pesimismo («no confío en que suceda», dice). Su mayor fuente de esperanza es «el importante trabajo que están haciendo tribunales federales inferiores para actuar como bastión contra la Administración y la movilización de estadounidenses corrientes para proteger garantías constitucional básicas antes de que desaparezcan para siempre».
Hay señales de que el sistema resiste, aunque sea extremadamente debilitado y frágil. Se ve en elecciones que han ganado demócratas, en algunos tribunales, en el contrapeso que siguen haciendo algunos empleados públicos y parte de la prensa o en un descontento ciudadano que muestran encuestas, donde la aprobación de Trump no pasa del 40%, y las calles.
Las acciones más crueles e inhumanas, especialmente desde el asesinato de Good, están probándose impopulares. E incluso Joe Rogan, el podcaster de influencia masiva entre hombres jóvenes conservadores o desencantados con la izquierda, ha criticado lo que se está viendo en Mineápolis, con agentes enmascarados y militarizados que no se identifican y van pidiendo papeles y asedando incluso a ciudadanos. “¿Realmente vamos a ser la Gestapo? ¿A eso hemos llegado?”
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