Chloé Zhao, la nueva sacerdotisa del cine

Chloé Zhao (Pekín, 1982) tuvo dudas cuando Steven Spielberg y Sam Mendes, flamantes productores de ‘Hamnet’, llamaron a su puerta en 2022 para dirigir la adaptación cinematográfica de una historia inspirada en el drama familiar de los Shakespeare al morir su hijo. Le preocupaba que ella, una mujer sin descendencia, supiera reflejar la devastación de Agnes, la madre. Se identificaba más con William Shakespeare, que se refugió en la creación contra el duelo y acabó por escribir ‘Hamlet’. Al final aceptó. Sabía muy bien lo que era la pérdida, ha explicado: entre ‘Nomadland’ (2020), que la convirtió en la segunda directora en ganar un Oscar (primera que no fuera blanca), y ‘Eternals’ (2021), una inusitada inmersión en el imaginario de Marvel, había ido encadenando pérdidas. Rompió con su pareja de toda la vida, el director británico Joshua James Richard, una nueva relación no cuajó. ‘Hamnet’ le sirvió para superar una crisis de la mediana edad de manual, sembró en ella el deseo de ser madre. También la ha devuelto a la senda de los Oscar: la película aspira a un total de ocho.

Si como dice la novela de Maggie O’Farrell toda vida tiene un núcleo, un eje, un epicentro del que todo sale y al que todo vuelve, ese momento en la vida de Chloé Zhao tuvo lugar a los 14 años, cuando decidió dejar Pekín para estudiar en un internado del Reino Unido. Con el inglés ya aprendido, dio el salto a Estados Unidos. Primero estudió ciencias políticas, luego un posgrado de cine en Nueva York. Tenía de profesor a Spike Lee, del que recuerda que era hilarante y desarmaba a sus alumnos con una honestidad brutal, pero se siente deudora del cine de Terrence Malick. Sus películas le hacen sentir que forma parte de un linaje en el que realismo y lirismo se funden. 

Un estilo que le ha valido reconocimiento, pero también críticas. Con ‘Nomadland’, en la que Frances McDormand, vapuleada por la crisis de 2008, recorría el Oeste americano en una caravana se le acusó de sublimar la pobreza. Su padre era rico, le recriminaron: había hecho fortuna con la industrialización de China, primero como alto ejecutivo de una de las siderúrgicas más grandes del país, Shougang Group, luego con el desarrollo inmobiliario y la inversión de capital. No es una cuestión de contenido, sino de estética, respondió ella. Tras cada fotograma de ‘Nomadland’ late que el capitalismo tiene un problema con el cuidado de sus mayores, no es necesario prescindir de las puestas de sol.

Una joven rara que devoraba libros

Como muchos directores de cine, no tuvo una infancia fácil. Sus padres se separaron cuando era una adolescente, su padre volvió a casarse con la actriz cómica Song Dandan. Se recuerda como una joven rara, que devoraba libros y que tuvo en el manga su primera vocación artística. Neurodivergente, precisó hace poco: incapaz de sostener una conversación trivial, con capacidad para asimilar mucha más información en poco tiempo y tendencia a la sobreinterpretación. Terreno abonado para los malentendidos, en su juventud no encajaba, pero ahora considera su neurodivergencia una bendición. 

En los sets de rodaje, ejerce su liderazgo a modo de sacerdotisa. Más que gobernar, empodera a los actores, fomenta la improvisación y los accidentes felices, como el grito gutural de dolor que soltó Jessie Buckley tras la muerte de Hamnet que no estaba en el guión. Si hace falta se forma como ‘doula’ de duelo para filmar y propicia bailes o ‘dance takes’ con tal de liberar tensiones entre el reparto. Siendo alternativa, con solo cinco películas en su currículum, ha llegado a lo más alto del ‘mainstream’.     

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