El enrevesado crimen de Arturo Torró, exalcalde de Gandía: y si lo mató un ladrón casual?

Para un investigador de homicidios, dicen, tan descorazonador es que una víctima no tenga ni dobleces ni enemigo alguno en su vida, como justo lo contrario, que los candidatos a terminar en el banquillo de los acusados se apilen hasta el punto de no dejarle ver el bosque. Elementos de distorsión, lo llaman algunos. Y el del controvertido exalcalde de Gandía Arturo Torró es exactamente uno de esos casos. Polémico como político, discutido como empresario, bizarro en sus negocios, arriesgado, temerario, incluso, en sus emprendimientos, Torró era encontrado muerto, asesinado, de un tiro en el pecho, hace ahora un año, en la tarde del 19 de febrero de 2025. En el lugar más inesperado, el arcén de la autovía A-38, a la altura del kilómetro 37, junto al último tramo que queda, ya inutilizado, de la antigua N-332. El cuerpo sin vida del exalcalde yacía caído a los pies de un arbusto, a unos ocho metros y ligeramente a la derecha del frontal de su coche, un Mercedes C 220 coupé rojo jacinto metalizado, con los faros encendidos -sin luces de emergencia- y el motor en marcha. Han pasado doce meses y el grupo de Homicidios de la Guardia Civil está ahora mucho más cerca de resolverlo. Pero no como parecía.

Desde el instante mismo en que el crimen, que Levante-EMV adelantó en exclusiva, se supo, las especulaciones se dispararon. Arturo, dueño de una cadena de ópticas, el hombre de los mil negocios tanto fallidos como exitosos, tenía tantos defensores como detractores. Tantos amigos como enemigos. Así, un funeral con honores de alcalde y el llanto de muchos de sus conciudadanos convivió con una cascada de rumores a caballo entre la verdad y la maledicencia. Luz y oscuridad a un mismo tiempo.

Cascada de hipótesis

A los investigadores del grupo de Homicidios de la Guardia Civil empezaron a crecerles los enanos desde el primer folio del atestado: disputas familiares trufadas con un matrimonio roto y una boda cuasi secreta con una mujer 30 años más joven que pasó de empleada a segunda esposa, vía propietaria de conveniencia: puso a su nombre todos sus negocios para huir del embargo judicial; relaciones controvertidas en el círculo familiar más íntimo; un asesor peculiar que no se separaba de él desde las oscuras campañas que le llevaron a la alcaldía en 2011 y que seguía a su lado diez años después de perder el ayuntamiento; deudas aquí y allá, algunas nada despreciables y otras, de alto riesgo; un negocio de venta de aceite de girasol -oro líquido, en ese momento, con Rusia invadiendo Ucrania, reservorio de Europa, al parecer, de la planta de las pipas- que se truncó y acabó con un contenedor varado en Estados Unidos y unos receptores, en Colombia, frustrados y tremendamente cabreados; seguros de vida de importes nada despreciables; un apuñalamiento a modo de ajuste de cuentas en el corazón de África por otra de esas inversiones ‘ingeniosas’ que se le torcieron y que tardó nueve largos meses en denunciar; socios temporales a los que no les devolvió lo que les debía; un estado financiero que parecía ruinoso y no lo era tanto…

Demasiados frentes para un solo crimen, rodeado, además, de circunstancias incongruentes; como casi siempre cuando hay más tablero que piezas en el puzle.

¿Por qué parar en el arcén?

La primera, el lugar. El punto exacto donde fue encontrado, ese arcén del punto kilométrico 37 de la A-38, no parecía a priori el lugar más adecuado para solventar una avería. El coche, comprobó la Guardia Civil, no estaba salido en cualquier posición, sino que era obvio que su conductor había tenido tiempo de frenar, abandonar la calzada y detenerlo en perfecto paralelo con la raya que delimita el arcén. No fue precipitado: estaba apartado y asegurado, a salvo de los coches que pasaban a más de 100 Km/h a seis metros escasos. Pero, ¿por qué parar si te faltan minutos para salirte de la vía rápida y puedes detenerte después en un punto más seguro?

La respuesta parece obvia: por una urgencia que no podía esperar. Y porque Torró no consideró que, parando donde lo hizo, se expusieses a un peligro. No se lo esperaba. Su asesor y amigo desde antes de ganar las municipales de 2011 dio parte de la clave. A las 19.55, apenas unos minutos antes de caer muerto en ese arcén, Arturo hablaba por teléfono, al volante de su Mercedes, con ese hombre de confianza. De nada en concreto, del día, como tantas veces. Ese testigo auditivo detalló a los investigadores -y antes de eso, a la mujer de Torró- que mientras charlaban, Arturo había soltado un improperio y había cortado bruscamente la conversación diciéndole que tenía un pinchazo y que luego hablarían. Incluso, creía recordar haber escuchado la alarma sonora del vehículo.

Tres horas sin ser descubierto

El siguiente dato que llamó la atención a los investigadores es cómo fue encontrado el cuerpo. Al filo de las once de la noche, fue su mujer, con la que se había casado en Xeraco el verano anterior en una ceremonia tan íntima que casi nadie conocía, quien localizó el cadáver. Nadie reparó en su presencia -era de noche y estaba alejado de la carretera-, a pesar de que llevaba tres horas tirado en esa cuneta.

La alerta saltó cuando ella empezó a impacientarse porque Arturo no llegaba a casa. «Iban pasando las horas y no llegaba ni contestaba a las llamadas, por lo que su mujer empezó a ponerse nerviosa, convencida de que le había pasado algo, porque él siempre cogía el teléfono a la primera. Ella estaba segura de que algo le había pasado», explica el amigo del fallecido.

Pasadas las 22.00 horas, ella llamó al asesor, a sabiendas de que tenían muy buena relación, y le trasladó su preocupación porque no respondía a sus llamadas telefónicas. En esa conversación, el amigo de Torró le explicó lo hablado con él a las ocho de la tarde, cuando le dijo lo del pinchazo. Conocido ese hecho y viendo que seguía sin haber respuesta telefónica, la mujer, acompañada de su hermana, se fue con su coche por la A-38, en dirección norte, para realizar el recorrido inverso del que necesariamente había hecho su pareja para regresar a casa desde Sueca, adonde había ido por la tarde para visitar una óptica que había sido suya y cuya actual propietaria, a veces, aún le compraba material.

A ocho metros del morro del coche

Nada más salir de Gandía por esa vía rápida, y después de rebasar la curva a la izquierda que bordea la montaña del castillo de Bairén, ambas vieron a lo lejos el Mercedes de Torró, con los faros encendidos, estacionado en el arcén del lado contrario, junto a los carriles de entrada a Gandia, así que aún tuvieron que continuar circulando en sentido Valencia por la A-38 hasta el primer cambio de sentido, en la salida Xeresa-Xeraco, para dar la vuelta y llegar hasta donde estaba el coche.

Faltaban unos minutos para las once de la noche cuando se detuvieron detrás del Mercedes del empresario. No estaba dentro y no respondía a las llamadas. Miraron por los alrededores. Fue su pareja quien lo encontró, tirado a los pies del arbusto, bocarriba, a entre ocho y diez metros del coche, en el que nadie había reparado, entre otras cosas, porque estaba correctamente parado, en paralelo a la vía, y suficientemente apartado de esta como para no entrañar un peligro. En minutos, el lugar se llenó de guardias civiles, policías locales y sanitarios. Luego fueron sustituidos por los agentes de Policía Judicial de Gandía, por los de Homicidios de Valencia y por los de Criminalística pertrechados con sus EPI blancos, que trabajaron toda la noche.

Restos de goma en las manos

La primera señal que corroboraba la versión del asesor, la del pinchazo, es que el motor estaba en marcha y Torró tenía puesto el chaleco reflectante de emergencia. Es decir, paró en la creencia de que tenía un problema y quería comprobarlo rápido para evaluar si pedir ayuda o seguir hasta Gandía. La autopsia dio más datos: en una de sus manos, la derecha -era diestro-, había restos de carbonilla y goma, así que había estado tocando los neumáticos, buscando al tacto un clavo, seguramente después de haber mirado las cuatro ruedas y ver que, a la vista, no habían perdido presión.

Tenía razón. Cuando los especialistas de la Guardia Civil inspeccionaron el Mercedes unas horas después, también vieron que las cuatro ruedas estaban perfectamente hinchadas. Y más tarde, el volcado y análisis posterior del ordenador de a bordo realizado por Mercedes a petición del juzgado arrojó el mismo resultado negativo: ni había pinchado, ni le había saltado la alarma de presión baja. Entonces, ¿por qué el hombre que no tenía nada a su nombre para evitar el pago pendiente de 350.000 euros a las arcas municipales de Gandía tras ser condenado por el caso Tele 7 creyó que sí había un problema en alguna de sus ruedas?

La tesis del robo: una víctima casual

Y ahí empieza lo que se perfila ya como la hipótesis más probable para resolver su asesinato. ¿Y si el enemigo no era uno de esos candidatos bajo investigación tan aparentemente probables desde el primer momento? ¿Y si, quien lo mató, no supo que le estaba arrebatando la vida al que fuera alcalde de Gandía durante cuatro años y uno de los personajes políticos más controvertidos de esos años, en la Safor y fuera de ella? ¿Y si se trataba de un crimen de ocasión, casi accidental y alimentado por otro interés, el del simple robo oportunista? Y ahí, las piezas que no encajaban con esos otros candidatos, esas que han ido estrechando hasta cerrarlas cada una de las líneas de investigación pacientemente seguidas a lo largo de estos doce meses, han empezado a formar el boceto de lo que se barrunta como la imagen final del rompecabezas.

Reconstruir las últimas horas de Torró ha sido fundamental. Comió con su mujer en el restaurante Cocos bar de la playa de Gandía. Ella llegó sobre las 14.00 horas, andando, ya que el apartamento en el que vivía la pareja se encuentra en las inmediaciones, y él, en el Mercedes, que estacionó en la puerta, un cuarto hora después, sobre las 14.15 horas. Al filo de las tres de la tarde salieron del restaurante, al que acudían con frecuencia. «Comieron puchero, que es el plato de los miércoles y les ofrecimos postre, pero él dijo que no, que solo tomarían café, porque tenían prisa». Se despidió diciéndole a los propietarios que acababa de colgar una foto de la comida en sus redes sociales y ambos salieron: la mujer se fue de nuevo a pie hacia su casa, mientras que él se subió al coche y se marchó buscando la salida hacia Gandía.

Los últimos 45 minutos: las cámaras

A su asesor y a ella les dijo que se iba a pasar por la óptica de Sueca. No lo hizo hasta las 19.00 horas. Apenas estuvo 10 minutos. De allí volvió a Gandía, pero no al apartamento de la playa, sino al piso que tenían en el centro de la ciudad, un trayecto de 33 minutos. Dado que la conversación con su asesor se interrumpió sobre las 19.55, hacía 45 que había salido de la óptica. Los 12 minutos de diferencia es el tiempo que tardó en llegar adonde tenía aparcado el coche y en la parada para echar gasolina de camino, entre Xeresa y Gandía, justo antes de salir de la AP-7 e incorporarse en Xeraco a la A-38, una vez sorteado el tramo no desdoblado de esta vía que obliga a atravesar el casco urbano de ese municipio.

Los investigadores han comprobado el trayecto y la parada con las cámaras de Tráfico, las de la gasolinera y varias más de Sueca. También con el pago del combustible. De hecho, la breve parada en la estación de servicio, la última en el tramo de la AP-7 que utilizó, solo fue para llenar el depósito, así que en ese momento aún no sospechaba nada del pinchazo.

Del análisis de las imágenes se han podido extraer más datos relevantes. Los agentes han podido seguir el paso del Mercedes y eso les ha valido para llegar a una segunda conclusión: nadie seguía -y mucho menos, perseguía- el vehículo de Torró. No fue una emboscada. Así que tuvo que ser casual o, más acertadamente, oportunista. Y ahí aparece la posibilidad del ladrón que se ceba en víctimas con aparente poder adquisitivo en carreteras.

Es cierto que la táctica del robo con pinchazo -hacer creer con señales en marcha que se sufre esa avería y lograr parar el vehículo-objetivo con la excusa de prestarle ayuda para luego desvalijarle al descuido o bajo amenaza- se prodiga mucho más en autopistas que en otro tipo de carreteras, incluso rápidas, como la A-38, con muchas más entradas y salidas, pero también lo es que es la hipótesis que integra los datos de los que disponen los investigadores, algo que no hacen el resto de las vías de investigación exploradas hasta ahora.

¿Y si el arma era de Torró?

Arturo Torró recibió un único disparo a quemarropa, es decir, a escasos centímetros de su ropa. El proyectil es de un calibre inusualmente pequeño, un 6,35 mm. Es munición de una pistola pequeña, poco querida por los criminales que usan armas de fuego porque su letalidad depende de lo mucho que te acerques al objetivo, es decir, precisa de un riesgo que no se corre con calibres más eficientes.

Y tampoco es habitual que ese tipo de ladrón oportunista, entrenado para robar lo que sea al vuelo y huir rápido, vaya armado. Apenas hay casos en los que ataquen a sus víctimas, y cuando hay heridos, incluso fallecidos, suele ser más habitual que lo sean por atropello en esa huida o por las lesiones en las caídas al empujarles para escapar. Pero no de un tiro.

Una pistola así sí cuadra, sin embargo, con un arma clandestina, obtenida por alguien que no está metido en el mundo del crimen, pero sí teme ser víctima de él, alguien que por ir desarmado hubiese estado a punto de morir en un acuchillamiento, por ejemplo. Alguien como Arturo Torró.

De momento, nadie de su entorno sabía, han declarado, que tuviese un arma; pero los investigadores empiezan a estar cada vez más convencidos de esa posibilidad. Y de que el empresario la cogiese al verse amenazado, es decir, al descubrir que ese buen samaritano que le había advertido del pinchazo quisiese, en realidad, robarle.

Secuencia de una muerte absurda

En pocas palabras, Torró fue alertado del pinchazo y se lo creyó. Estaba a unos 6 kilómetros de su domicilio. Podía llegar utilizando el primer acceso, a kilómetro y medio de donde estaba, tomando la salida Gandía-nord, lo que le obligaba después a atravesar toda la ciudad, o continuar 4 kilómetros más por la autovía hasta la siguiente salida, la de Gandía-oest/Barx, mucho más rápida.

Si la rueda estaba en el suelo, destrozaría la llanta yendo por la autovía, así que debió buscar parar en el primer sitio posible para comprobar cómo de grave era la situación y decidir por dónde entrar a Gandía. Y lo hizo en el único punto posible en ese momento, en el kilómetro 37,5, donde no hay valla de protección que impida salirse del arcén y dejar el coche asegurado lejos de la calzada.

Se colocó el chaleco y salió del coche. Vio las ruedas hinchadas y las repasó al tacto. Su agresor o agresores estacionarían delante, tapando la vista a otros conductores, algo fácil porque era noche cerrada desde hacía horas. En cuanto se diese cuenta de las intenciones del o los desconocidos, pudo coger el arma de donde la llevase oculta para ahuyentarlos. Que hubo forcejeo está claro: las erosiones en el lateral del cuello, producidas por la rozadura de la cadena que llevaba colgada, lo prueban.

Resultados aún pendientes

Y en ese tira y afloja, cuerpo a cuerpo con su agresor, la pistola, la llevase quen la llevase, se disparó y el tiro alcanzó al ex alcalde en mitad del pecho. Un único disparo letal que le atravesó el corazón. La prisa por abandonar el lugar le debió quitar al ladrón las ganas de arrancarle las cadenas, aunque sí la pistola, que no fue localizada en el lugar, aunque sí el casquillo, al día siguiente, junto al arbusto donde estaba el cuerpo.

De momento, es la única hipótesis en la que encajan todos los datos reunidos hasta ahora, sin fisuras. Pero, dado que es un ataque oportunista, queda lo más difícil: poner nombre al autor. Faltan resultados por llegar de varias pruebas, entre ellas, telefónicas, solicitadas por el juzgado, asi que, no hay duda, la investigación del grupo de Homicidios acabará dando la respuesta. Solo es cuestión de un poco más de tiempo.

Suscríbete para seguir leyendo

Más Noticias

Noticias
Relacionadas

Hay confirmación! Cande Tinelli blanqueó a su nuevo novio jinete con una fuerte foto

En medio de versiones, pistas y rumores...

Capilla del Monte vive el finde largo de Carnaval «a sala llena»

Capilla del Monte. La ciudad...

«Estamos ante una gran ruptura parecida a la Revolución Francesa»

Joan Romero (Albacete, 1953) recibe en el hall de...