Las bolsas y la economía en general se enfrentan a un momento de riesgos crecientes y la amenaza creíble de una guerra en Irán. La concentración militar de EEUU en Oriente Próximo es equivalente a la que había en los tiempos de la guerra de Irak. Pese a que el presidente de EEUU, Donald Trump, ha dicho que Irán tiene 10 días para aceptar el desarme nuclear y la desactivación de la amenaza de sus misiles, nadie está seguro desde cuando cuentan esos 10 días. El segundo portaaviones y la flota que le acompaña llegará a Israel el sábado.
Cada vez hay más voces que alertan de la disparidad entre las valoraciones empresariales y las referencias económicas fundamentales que las sustentan. La amenaza de guerra en Irán no hace más que abonar las incertidumbres. Son tres las grandes amenazas del contexto económico actual y que en el pasado llevaron a recortes drásticos en los precios de los activos y de los valores de bolsa en particular. El primer indicador corresponde a los altos precios inmobiliarios, especialmente en el ámbito de las oficinas. La cuestión es que se ha construido más de lo que la demanda puede aceptar en la mayoría de los mercados. Todo ello en unos momentos en los que las sedes y oficinas abogan más por el ‘downsizing’ que por grandes espacios, por la influencia del teletrabajo. La segunda amenaza es la concentración excesiva de las alzas bursátiles en pocas empresas, fundamentalmente las tecnológicas. Esa amenaza es algo más discutible, ya que tanto la inteligencia artificial como la informática cuántica tienen mucho que ofrecer en el futuro y esas expectativas son reales. Los agoreros, no obstante, alertan de que no existe una correlación entre esas expectativas de actividad y beneficios y los altos precios alcanzados (especialmente por el alto nivel de las inversiones necesarias para alcanzar los objetivos). El tercer elemento que desbarata las previsiones optimistas es la evolución de la deuda a largo plazo. La idea es que buena parte de la inversión a más de 10 años en títulos de renta fija está en horas bajas y que los grandes fondos de inversión y de pensiones van a tener que replantear sus estrategias para eludir un gran futuro ‘crash’ y miserables retornos de inversiones.
Nadie puede asegurar si tendrán razón los analistas más optimistas o los cenizos, pero es cierto que en anteriores ‘crashes’ la mayoría de los que quedaron desplumados defendían hasta el último momento la bondad del momento, justificaban las razones para tanta euforia y postulaban que la recuperación estaba próxima. Ganancias pasadas no aseguran beneficios futuros.
La concentración militar de EEUU en Oriente Próximo no presagia nada bueno. Cierto que el bloqueo del tráfico de petróleo hacia Occidente desde el golfo Pérsico puede tener menos efectos perniciosos que en el pasado. Precisamente cuando EEUU puede recurrir tanto a sus reservas como a las venezolanas, por ejemplo. Pero Irán es un gigante con recursos y capacidades demostradas y quizá la intervención militar estadounidense deba ser un par de grados más potente que en el anterior ataque. No se descarta incluso el uso de armas nucleares en zonas militares iranís. Una guerra de ese tipo podría tener implicaciones económicas todavía difíciles de evaluar. El caso es que el presidente de EEUU, Donald Trump, puede estar tentado de llevar a cabo ese ataque con vistas a mejorar su posición en las elecciones de medio mandato.
Es difícil saber si la consistencia de las posiciones y decisiones colectivas puede evitar el desbarajuste futuro que apunta la lógica económica. En cualquier caso, cualquier tendencia se verá respaldada por automatismos y avidez inversora, de aquellos que quieren ganar subiendo y ganar bajando, avivando el fuego con cualquier leña disponible.
