El acento bueno

Sufren los políticos de un súbito ataque de preocupación por la variedad dialectal andaluza, ese complejo mosaico de hablas meridionales, que se ha sustanciado en la propuesta de una ley de protección (María Jesús Montero, PSOE) y en una campaña de publicidad protagonizada por un Séneca (que hablaba latín) estrafalario, vestido de verde carnavalero, generado por IA (Salvador Fuentes, PP). Apelan, los políticos, al orgullo territorial: a la defensa de lo propio, a la política, o sea.

Entendamos que, cuando hablan de acentos, los políticos no se refieren a hablas o lenguas. Ni siquiera a las leyes supuestamente posibles o potencialmente aplicables. Quieren clientes uniformados. Montero ha cimentado buena parte de su personaje político en su idiolecto, su habla particular, que es parte sustancial de su perfil público. Los populares han adoptado ese andalucismo de baja intensidad, que tan bien le funcionó al PSOE durante los años de la larga marcha, tal y como Aznar intentó apropiarse de Azaña. Representación e impostura, como comprenderán. Relato, al decir de los modernos, porque detrás no hay nada. Farfolla.

Si de verdad tuviesen un interés en la protección oficial de las hablas (fuere eso lo que fuere), empezarían por financiar estudios serios a investigadores rigurosos, que los hay. Además, se podrían crear observatorios para colocar a los colegas, fundar algún premio literario para el pesebre y encargar documentales a alguna productora pata negra. Siempre es posible sacar provecho a estas cosas de lo identitario, que para eso las inventamos.

La gente va a seguir hablando como le salga del duodeno, al Tao gracias, porque la lengua y su ejecución diaria son patrimonio compartido, consuetudinario, multifactorial. Y los que consideran determinadas variedades dialectales como propias de analfabetos y menestrales seguirán siendo unos gilipollas, palabra recogida por la Academia. Porque la estupidez humana no se soluciona con leyes o campañitas de inteligencia artificial. Es la educación y la cultura, sorpresa. Y, a veces, ni eso. Porque está la pasta.

Lo mínimo que cabe pedir en estas cosas es tratar con respeto a quienes estudian esta cuestión con rigor y recabar su opinión para no acabar diciendo tonterías, pegos, terraplanismos sin base alguna. Y, en el caso de la Diputación, pues hombre, retirarle el error ortográfico al lema publicitario («Tan nuestro, que es universal») sería un primer paso a tener en consideración. Constituye una construcción consecutiva que nunca, jamás, se separa con comas. Si hay que drogarse, que decía Lola Flores, que sea con método.

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