Irán mantiene uno de los mayores arsenales de minas navales del mundo, que almacena para cerrar el estrecho de Ormuz, y Estados Unidos lo sabía con información de sus servicios de inteligencia antes de comenzar la actual guerra en el golfo Pérsico. Lo asevera un informe elevado a los parlamentarios norteamericanos por el CRS, o Servicio de Investigación del Congreso de los Estados Unidos. El dosier se redactó en 2025, con ocasión de la guerra de Israel contra Irán, y se ha actualizado ya seis veces; la última, el pasado día 11. Sus autores cuantifican las minas en poder de Teherán en «alrededor de 6.000».
Más incluso que los misiles y los drones, esas minas navales son la herramienta más poderosa para la denegación de paso que en este momento impone la república islámica en el estrecho de Ormuz, que está en el origen de la multiplicación de los precios del petróleo.
El informe del Congreso se redactó para asistir a una comisión que, en junio de 2025, estudió cómo una fuerza militar puede mantener abierto el estratégico paso marítimo. Según los autores del trabajo –cuatro especialistas de la Cámara–, el arsenal de trampas explosivas navales de Irán se reparte entre minas lapa, «minas amarradas que flotan bajo la superficie del agua y detonan al entrar en contacto con un barco, como la que dañó gravemente a una fragata estadounidense en 1988″ y minas asentables en el lecho marino, que explotan al detectar el paso de un barco.
Arma opaca
Las minas navales son parte del rincón oscuro del rearme mundial. No son obligatoriamente declarables por ningún tratado, y su tráfico y producción no se someten a controles internacionales. Irán sería el quinto poseedor de estos explosivos, tras China, Rusia, Estados Unidos y Corea del Norte. La alta acumulación que ha hecho Teherán en relación con sus kilómetros de costa y actividad marítima da idea de la importancia que le ha dado constantemente al estrecho de Ormuz como palanca estratégica.
El recuento de estas armas antibuque que recoge el informe del Congreso de EEUU se remonta a un informe de la inteligencia militar norteamericana de 2019, año en el que atribuía 5.000 minas a la marina de guerra de Irán, y desde el que el arsenal no ha dejado de crecer.
Es contada la información fiable sobre uso de armamento que llega desde el teatro de operaciones de EEUU e Israel contra Irán, pero hay consenso entre los analistas occidentales en que Teherán no ha soltado aún un número masivo de minas en el estrecho: para mantenerlo cerrado le basta con mostrar la intención de hacerlo, provocando que ninguna naviera quiera jugársela.
La mina naval es un arma de uso más impune para Irán que las otras con las que amenaza el estrecho. Si la Guardia Revolucionaria quiere disparar un misil contra un buque desde su costa, tiene antes que conectar el sistema de apuntado de la lanzadera… y eso la lleva a ser detectada por la aviación israelí o norteamericana y ser destruida. Las minas se pueden sembrar rápidamente desde embarcaciones pequeñas, o con cohetes dispersadores, o mediante acciones de guerrilla, mucho más discretas.
Esta es una de las razones por las que, tal como confirmó el Comando Central del Pentángono el pasado fin de semana, ha entrado en la liza en Irán el avión A-10 Thunderbolt, que, del viejo papel de cazatanques que tuvo en Irak, podría pasar ahora al de pescalanchas en el golfo Pérsico.
Guerra asimétrica
Las alarmas de las compañías de seguros marítimos se activaron este martes cuando el UKMTO –el organismo británico que monitoriza el tráfico de barcos mercantes, con una red de informantes por todo el mundo– reportó que un petrolero fondeado en Fujaira, puerto de los Emiratos árabes Unidos, había recibido el impacto de un misil. Poco después, la información fue matizada: no fue sido un misil, sino restos de un cohete interceptado, y los daños en el buque no fueron graves.
Hace falta poco para alterar los nervios en el sector. El UKMTO ha confirmado desde el pasado 28 de febrero la recepción de 21 avisos de incidente por petroleros en el golfo Pérsico, y 16 ataques directos. Un comunicado del Pentágono asegura que las fuerzas americanas ya han destruido 16 barcos minadores iranís, pero, lejos de aportar tranquilidad, confirma que las minas navales –que la Guardia Revolucionaria y el Ejército regular iraníes guardan en cuevas y escondrijos de la costa y siembran con lanchas que pueden llevar hasta cuatro en una sola travesía– son un peligro que considera prioritario la dirección militar del ataque.
En España, la Armada también cree en la vigencia de esta amenaza. En la Revista General de Marina, el capitán de fragata José Miguel Máiquez tiene apuntado en un artículo sobre la cuestión el coste de la mina naval en la guerra asimétrica, como la que libra Irán, y que no guarda proporción con el valor de lo que es capaz de destruir.
Una mina IED como la que fabrican los hutíes de Yemen o ha desplegado alguna vez Hezbolá en aguas próximas al Líbano puede costar 100 euros, una medianamente avanzada puede alcanzar los 25.000 dólares, y una de última generación llegar a costar 100.000. Los precios son mucho menores que los de los misiles y bombas empleados para impedir su siembra en el mar por embarcaciones minadoras. Y mucho menores aún de lo que cuesta un petrolero que consigan dañar.
Fuentes en las que se ha apoyado el informe del Congreso norteamericano han afirmado que, además de las clases de minas mencionadas, Irán ha demostrado capacidad para esparcir trampas explosivas marinas con misiles balísticos modificados. O sea, sin exponer al fuego enemigo a sus lanchas y marineros. Sean o no pocas las que hasta el momento ha soltado Irán en sus aguas adyacentes, su mera existencia ha procurado a Teherán las ventajas de un bloqueo de facto del estrecho.
Es poco probable que Irán mine todo el estrecho, pues eso impediría el paso a buques amigos, como los chinos, pero también es poco probable que las minas que esparza puedan ser retiradas en un plazo corto cuando acabe la guerra. La limpieza, según el informe del congreso de EEUU, puede llevar «días, semanas o meses».
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