Ghislaine Maxwell, la cómplice infranqueable de Epstein

Entre quienes han coincidido a lo largo de las décadas con Ghislaine Maxwell muchos han dicho que vieron siempre en esta mujer de ahora 64 años algo de insondable. Identificaban una especie de máscara deformadora, un caparazón tan infranqueable como el muro de silencio que la antigua socialité mantiene alzado alrededor de lo que sabe de Jeffrey Epstein. 

Maxwell sabe todo. Si no todo, más que nadie. Como dictaminó la justicia estadounidense, que hace cuatro años le declaró culpable y le condenó a 20 años de cárcel, fue cómplice y partícipe en la trama de tráfico y explotación sexual de chicas adolescentes y mujeres jóvenes urdida por el financiero, un monstruo con tentáculos en todo el mundo que tocan a élites políticas, económicas, sociales e intelectuales.

Como han recordado las víctimas, Maxwell “no es una figura periférica” sino “arquitecta central e indispensable en la empresa criminal sexual” de Epstein, de quien fue primero novia en los años 90, luego asociada y, en términos criminales, facilitadora. Porque como recordó la fiscal neoyorquina Audrey Strauss cuando logró que fuera juzgada por delitos centrados entre 1994 y 2004, fue ella quien “seducía, atraía a chicas menores, haciendo que confiaran en ella, y luego las entregaba a la trampa que ella y Epstein habían preparado”.

Ya fuera en las residencias del inversor en Nueva York, Florida, Nuevo México, en las Islas Vírgenes o en su propia residencia en Londres, lo que Maxwell hizo con las chicas, a menudo adolescentes que llegaban de familias en situaciones difíciles y que ella misma reclutaba, era tratar de calmarlas con su presencia, y actuar como “la mujer de una edad apropiada, elegante, sonriente, respetable”. Las víctimas han contado que inspeccionaba sus cuerpos, hablaba sin cesar de sexo, les aleccionaba sobre las preferencias sexuales de Epstein y a veces las ponía a disposición de otros individuos para que abusaran de ellas.

Lujo, carencias y ambiciones

Maxwell nació un día de navidad en Francia, la menor de los nueve hijos del héroe de guerra y polémico magnate editorial Richard Maxwell, y de una estudiosa del Holocausto. Los primeros años de su infancia se desarrollaron en el lujo, en Headington Hill Hall, una mansión de 53 habitaciones cerca de Oxford, pero no fueron fáciles psicológicamente. 

Un hermano quedó en coma poco después de que ella naciera y su propia madre reconoció que durante los primeros diez años de su vida no le prestaron atención. En sus memorias, de hecho, escribió que un día le dijo: “mamá, existo” y que la niña sufrió de anorexia. Los padres, según se ha escrito, trataron de compensar las carencias con excesos y colmaron de atenciones a Ghislaine, que se convirtió en la favorita de su padre.

Estudió en Marlborough College e historia y lenguas en la Universidad de Oxford. Una vez graduada, su padre la hizo directora del club de fútbol Oxford United y le montó una compañía de regalos corporativos. Las páginas de corazón, no obstante, seguían definiéndola como miembro de la alta sociedad y no como empresaria. Y ella tampoco pareció desarrollar ambiciones intelectuales, empresariales o políticas.

En aquella época fundó una especie de club privado solo para mujeres pero la escritora Anna Pasternak, que coincidió en la universidad y en aquella época, nunca la vio como una defensora del feminismo. “Le interesaba el poder y el dinero”, ha dicho Pasternak. “Creo que las mujeres solo eran importante para ella para llegar a otros hombres poderosos”.

Nueva York y Epstein

En 1991 fue a Nueva York para un trabajo en el ‘Daily News’, que había adquirido su padre. Ese mismo año él murió en las Islas Canarias al caer de su barco, bautizado en honor de su hija, que nunca creyó que se tratara de un suicidio o un mero accidente. La muerte reveló también que el magnate había robado millones de las pensiones de sus empleados y había sido triple agente para el espionaje británico, israelí y ruso.

En la escena social neoyorquina fue “amiga de todos, íntima de nadie”, salvo de Epstein. Y tras la relación íntima que les unió un tiempo, les fue enlazando también un interés que se equilibraba. Ella, que ha sido descrita como, “encantadora, picante, fantásticamente entretenida, divertida”, abría las puertas a su círculo, a contactos como el príncipe Andrés de Inglaterra o a fortunas que podían servir al financiero para sus negocios. Él, mientras, le permitía mantener la vida de lujo que no le permitía la situación familiar económica dejada por su padre.

Una vez que acabó la relación emocional Maxwell fue socia de Epstein, gestora y organizadora del trabajo en sus propiedades, responsable de las finanzas y de la agenda social y, como se ha demostrado luego, su “conseguidora” de chicas para abusar y, abusadora. Aunque en los años 2000 se le vinculó al empresario Ted Waitt, aparentemente siguió trabajando para Epstein, que la definía como su “mejor amiga”. Entre 1999 y 2008 recibió de él en su cuenta más de 30 millones de dólares.

Cuando fue arrestada, después de haberse escondido en Nuevo Hampshire, Maxwell declaró que tenía menos de un millón de dólares en el banco, pero los fiscales identificaron más de 15 cuentas asociadas con ella desde 2016, con balances que iban desde cientos de miles de dólares hasta los 20 millones.

Ahora Maxwell pasa su tiempo en una institución correccional federal de mínima seguridad en Texas. Sus esfuerzos porque el Tribunal Supremo estudiara su caso cayeron en saco roto. Su apuesta ahora es que Donald Trump le conceda un perdón. Él no lo ha descartado.

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