Almas solas

Hay una soledad antigua -la del viudo que oye crujir la casa, la del caminante que vuelve tarde y sin nadie- que todavía conservaba una dignidad de intemperie: dolía, sí, pero dolía con sentido, como duele una herida que cicatriza. La soledad de ahora, en cambio, es fluorescente y doméstica: vive pegada al bolsillo, rodeada de notificaciones, con el pulgar entrenado para acariciar pantallas y el corazón cada vez más torpe para tocar una vida ajena. Nunca estuvimos tan «conectados» y, sin embargo, cuesta tanto encontrar a alguien que se siente a nuestro lado sin prisa, sin cálculo, sin ese apremio de huida que ya es costumbre.

Basta mirar un autobús o una sala de espera: cabezas inclinadas como en una capilla sin altar, ojos bautizados por el azul del vidrio, labios mudos. Cada cual lleva su mundo portátil, su catecismo de vídeos, su confesor de auriculares. Y cuando por fin levantamos la vista, la ciudad ya no es una plaza, sino un pasillo: se cruza, no se habita. El saludo parece una molestia; la conversación, una inversión excesiva; el silencio compartido, un lujo que no cotiza.

Se ha dicho que la soledad es un lugar hermoso para visitar, pero terrible para quedarse. Lo terrible, hoy, es que ya no sabemos ni visitarla ni salir de ella: la llenamos de ruido para no oírnos, y luego nos asusta que nadie nos oiga de verdad. Por eso proliferan los «amigos» como monedas falsas: brillan un segundo en la pantalla y se evaporan en cuanto uno enferma, envejece o se deprime. El algoritmo te ofrece tribu, pero no prójimo; te da audiencia, pero no abrazo; te concede eco, pero no respuesta.

El mercado, que todo lo olfatea, ha descubierto este desamparo y lo explota con ternura de caja registradora: suscripciones a compañía, coaching para no sentirse solo, retiros donde se paga por que te miren, mascotas convertidas en terapia y, como remate, la habitación alquilada como sucedáneo de hogar. No falta el eslogan «no estás solo», mientras te cobran por recordártelo. Pero el consuelo comprado dura lo que dura una oferta.

Y así aparecen, discretas y masivas, las nuevas viudas sin muerto y los nuevos huérfanos sin entierro: gente joven que se acuesta con el móvil en la mano para no dormir con su vacío; mayores que hablan con el televisor porque al menos alguien les habla; vecinos que comparten pared, pero no palabra. Hemos sustituido el vínculo por la disponibilidad: «estoy» si me conviene, «desaparezco» si incomoda. La vida, reducida a chat, se vuelve desechable.

Quizá el remedio no sea otra aplicación, sino una rebelión mínima: recuperar la visita, el café sin foto, el paseo sin prisa, el gesto de escuchar sin interrumpir. Volver a mirar al otro como misterio y no como contenido. Porque una sociedad que presume de redes y de datos, pero no sabe acompañar, acaba fabricando almas solas: y esas almas, tarde o temprano, piden auxilio a gritos o se apagan en silencio. Nadie se salva del todo sin otro vivo.

*Mediador y escritor

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