Pizzas Gorbachov

Curiosa esa otra batalla a la que asistimos en nuestros días, que apunta sus cañones hacia la trascendencia: colocarse en el lado bueno de la historia. Desde el siglo XIX, los grandes movimientos de la izquierda han derivado en corregir esa predilección teológica, con el apego de la curia hacia el poder: tanto el Credo como muchas referencias bíblicas sientan a Cristo a la diestra del Padre, y hay que recordar que la primera acepción de siniestro en la RAE es estar a la mano izquierda, aunque primen más las connotaciones de perverso o maligno. Cierto que ha cambiado la carga de la prueba, y que frente a la presunción maniqueísta de incensarios se ha impuesto esa otra que otorga de por sí una mayor legitimidad moral a la izquierda. Pero esto no va del envite torrebrunesco de tigres y leones, sino de una destilación táctica de narcisismo.

A estas alturas no puede dudarse que Pedro Sánchez es un animal político. De hecho, su principal -y para muchos el único- ejercicio de honestidad ha sido el título de sus memorias políticas: ‘Manual de resistencia’. Sánchez se ha enganchado como una rémora a las ínfulas ciclotímicas y nerorianas de Trump. Que el ‘Financial Times’ lo considere la némesis de Trump es un regalo del cielo para su resiliencia y sus pretensiones de revertir los hados demoscópicos. Desaira al mandatario pelirrojo con la torería de los malotes, desapolillando aquel lema tan viejuno que también nos evoca al chapapote: «No a la guerra». Ese desplante a la superpotencia es una mixtura de órdago y carambola, pues desde el pacifismo se enarbola un sentimiento patrio que quisiera entroncar con el 2 de mayo, alicortando al mismo tiempo las iniciativas de la derecha, donde el pragmatismo es arramblado por esa etiqueta de mariachis que se les otorga a quien hacen tan burdo seguidismo a los caprichos trumpistas. El último en caer en esa tela de araña ha sido el canciller alemán, que electoralmente ya está pagando los réditos de su tibieza. Pero nadie da duros por pesetas, y menos en la esfera internacional. A Sánchez le consienten ese narcisismo populista, como el canario que en una jaula adelantan en una mina de grisú. El sanchismo tendrá que pagar los réditos de querer protagonizar un cuento y una moraleja. Comenzando por la segunda, se ha topado con «La luciérnaga y el sapo» queriendo hacer brillar su verso suelto, a costa de un populismo que trapichea con los problemas internos, como si el resto de los países comunitarios no tuviesen quebraderos de cabeza domésticos. En cuanto al cuento, su nombre le viene pintiparado: «Pedro y el lobo». Él mismo se ha forjado como el primer desfacedor de su credibilidad, aplicándose una suerte del mimetismo de Bowie para ostentar el poder, pero no para desplegar la acción de Gobierno -el mayor ejemplo, esas leyes de Presupuestos que parecen unas pilas sulfatadas-. Con el sentido ecológico de nuestros tiempos, aquí la metáfora del lobo tendría un matiz amargamente positivo: tantos giros de guion por intereses propios para que, en este pie en pared contra la guerra, lo que es una causa justa pueda arrastrar el tufo de un pretexto.

Sánchez se llevará el legado de la polarización. Y quizá, en el ámbito internacional, el efecto Gorbachov: aclamado por buena parte del orbe, pero detestado en su país, la siempre inquietante Madre Rusia. La gloria del Nobel de la Paz -chínchate, Trump- con la patética promoción televisiva de una marca de pizzas. Las pizzas son un negociado de Meloni, pero quién sabe si, por los caprichos del destino, nuestro presidente acabe anunciando unas buenas enchiladas.

*Licenciado en Derecho, graduado en Ciencias Ambientales y escritor

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